Las piedras enojadas

En la Patagonia vivo al lado de este lago.

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En Portugal, al lado del mar. 

Trato de entender por qué apenas salgo de casa ni paseo por las playas cuando estoy establecida. Quizá es por eso por lo que me siento tan viva cuando viajo: me obligo a no encerrarme.

Ha pasado más de un año desde que venía aquí, al lago Gutiérrez, a acariciar el tiempo de terciopelo con Marie, Ryan, Ketch, Astrid... mientras nos pegaba el sol en la cara, intenso y suave a la vez.

Creo que a veces nos da miedo volver solos a los lugares donde estuvimos muy bien acompañados. Extraño algunas cosas del 2017, y sobre todo, a muchas personas. Además, un lugar no vuelve a ser el mismo jamás, al paisaje y las ciudades les pasa lo mismo que a los seres humanos.

Mi barrio en Bariloche se llama Los Coihues. Dice Estela que tiene una energía especial, hay locos de atar en una de cada tres casas y alquimistas y hechiceras que preparan pócimas con todo lo que sale de la Pachamama, que en esta zona de Argentina son todo tipo de frutos rojos y hongos y algunos vegetales mutantes que he visto en los huertos de las casas de los locos. Entre todos estos personajes que habitan el barrio se gesta una magia extraña que nos saca de cabeza a los que estamos cuerdos. Por eso, un día en el camping debatíamos si tal vez estábamos en una institución mental como la de Shutter Island y aún no lo sabíamos. Entonces nos dimos cuenta de que tampoco nosotros éramos demasiado normales.

En realidad no creo que exista una definición válida para la cordura, así que me quedo tranquila.

Ahora estoy sentada sobre las piedras, mirando el agua cristalina del Gutiérrez. Delante de mí hay una pareja que me da la espalda.

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Les observo en silencio. Me doy cuenta de que son Joaco y Hermilda; vienen todas las tardes a contemplar el lago. Se sientan en dos sillas plegables de mi color favorito: el mostaza. Están bien armadas, parecen cómodas y son reclinables. Las colocan a 30 cm de distancia entre sí. Los respaldos están hechos de telas que se entrecruzan y se anudan a los extremos de metal de la estructura. Forman 30 cuadraditos perfectos. Todavía se ve la etiqueta y alcanzo a distinguir la forma del código de barras y el número de serie: El 30. Ellos miran al frente y disfrutan, pero no giran la cabeza para decirse nada. 

Hace 30 años que están juntos y a veces, revueltos. Han visto el lago Gutiérrez 7530 días de los 10930 que llevan acompañándose. Dicen que en él consiguen ahogar los enojos.

Es todo un ritual. Agarran una piedra, comentan el motivo del enfado, añaden unas palabras en un idioma extraño que no consigo entender, y la tiran con todas sus fuerzas contra el agua. 

A veces los perros de malas pulgas entran chapoteando en busca del enojo para devolvérselo a Joaco y Hermilda, pero el agua ya ha lavado cualquier rencor de la piedra y no hay manera de que vuelvan a pelearse; al menos en las próximas 24 horas. 

Es un lago sanador. 

A mi izquierda han llegado dos tipos, el más joven tiene rulitos en el pelo y acento venezolano y le explica al otro lo que es una arepa.

Por un segundo cierro los ojos y veo rebasar el queso de la arepa gordita y jugosa que me comí en la plaza de San Diego, en Cartagena de Indias, Colombia, en noviembre de 2016. Me relamo.

Hay pocas cosas que me gusten más que el ruido que se forma gracias a mi silencio: El de un montón de conversaciones aleatorias en un lugar repleto de gente y su capacidad de hacerme viajar por un sinfín de sensaciones y/o recuerdos.

Amo sentir y reír ante el contraste entre la imaginación e infinitud de las historias de los niños que juegan en la orilla, y lo insulso y limitado de las charlas adultas. No quiero generalizar, no es siempre así. Hay adultos que todavía consiguen permanecer en la magia de la infancia. Me enamoro de esas personas.

A mí me gusta imaginar las vidas ajenas. Me gusta ser la niña que ayer se sentaba sola en el arenero y jugaba con un montón de personajes imaginarios y hoy se sienta sola en una playa para jugar a describir las vidas de los desconocidos.

Descubro que cada vez que permanezco en silencio y observo con atención todo lo que me rodea, mi niñez me cuenta cosas. Como la historia de Joaco y Hermilda, que ahora han guardado las sillas y están en pleno proceso de lanzar una piedra al lago. Nunca les escuché discutir, ni decir sus nombres, ni contar el tiempo que llevaban amándose, pero la piedra se ha hundido y se han marchado de la mano.

Vuelven al número 30 de la calle Tierra del Fuego, una de esas casas del barrio donde habita la magia y a las que entro de vez en cuando, sin que nadie me vea ni me invite.