Day 51 · Tres días en uno

Estoy en la cama. La Paz se ha convertido en un refugio momentáneo para continuar el viaje, o para pausarlo mientras renuevo fuerzas y me pongo al día con tareas pendientes (en realidad no he perdido las fuerzas y no quiero que este viaje acabe jamás). El tiempo pasa demasiado deprisa. No paro de pensar en algunas cosas de allá, pero no puedo dejar de vivir lo que hay aquí. Intento encontrar el equilibrio, aunque ahora mismo "pierdo el tiempo" mirando por la ventana, escuchando la lluvia, siendo simplemente feliz. Bolivia se queda sin agua. Bolivia estaba días atrás en una situación crítica. Acabo de ver un relámpago inmenso y el agua sigue fluyendo. Qué alegría. 

Las tormentas me persiguen en este viaje, pero sé que eso va a cambiar en algún momento. Y si no, tampoco hay problema. Entiendo que el planeta descargue su furia. 

Hace unos minutos estaba viendo un vídeo de danza precioso (lo podéis ver aquí). Una vez más me he preguntado si mucha gente se emociona viendo cosas así. Si brotan las lágrimas. Me da ese flash de sentirme afortunada al ser sensible, y me llegan tres recuerdos emocionantes de estos tres últimos días que me han hecho llorar como una tonta y que quiero escribir para no perderlos nunca.

Día 49. Es 2 de Diciembre. La decoración navideña ha aparecido durante la noche anterior. La señora Ángela me ofrece almorzar lo que está cocinando (cocina para Liam, Flora, Belén, María, Rodrigo, Álex y su hija, que también se llama Ángela). La mayoría vive en el hostal y son mi familia boliviana. He llegado tarde de mi paseo mañanero, son las 16, más o menos. Me dice que me ha estado esperando para almorzar conmigo. Yo le digo que qué pena, que no lo sabía. Me pone un plato de trucha con yuca, pimiento rojo y aceitunas. Como. Está todo riquísimo. Mientras me habla, se mueve por la recepción. Liam, (el pequeño de 5 años), juega con Ángela, su hermana de 21. La señora me cuenta con emoción todo lo que se preocupa por la gente que se hospeda en el hostal (doy fe de ello), también me cuenta lo difícil que ha sido a veces salir adelante. Me acuerdo de mi familia y le digo que le entiendo. Y cuanto menos quiero que se me salten las lágrimas menos lo consigo, porque ya tengo a mis hermanos en mente, a mi madre y a mi padre. Me pongo a hablar de ellos, de la infancia, de nuestra vida, pero se me entrecorta la voz y ya empieza a decir ella: "No llore señorita". Viene y me da un abrazo muy largo. Y tiene que ser muy largo porque me da uno de esos ataquitos de no poder parar de llorar sin saber si lloro de añoranza o de simple felicidad pensando en lo que tengo al otro lado de los charcos. Ese abrazo infinito es de los de verdad y ya me acompaña para toda la vida. Gracias señora Ángela. 

Día 50. Es 3 de Diciembre. Voy a tatuarme. Estoy con Gustavo, mi tatuador, en el estudio. Hemos pasado unas 2 horas hablando mientras él acaba de perfeccionar lo que voy a llevar en la piel para toda la vida. Así que ya sabe lo que he estudiado, lo que hago en Latinoamérica, y ya es consciente también de que amo la música, que planeo volver a Colombia para intentar vivir de lo que sueño, y que me encanta cantar. 

De repente comienza a sonar una guitarra y una voz increíbles. Como sincronizados nos giramos hacia la ventana, estando en diferentes puntos de la sala, y nos acercamos a mirar a través de los barrotes. Creo que nunca he escuchado nada así. Ella se llama Rocío Montañez. Está cantando las canciones favoritas de mi padre. Me paso grabando a través de la ventana unos 6 minutos, gritando como loca cada vez que acaba un tema: "¡Brava, brava!". Sé que en algún momento voy a bajar a hablar con ella. Pues sí, decido hacerle una visita, me quedo en frente de ella hasta que termina la canción, se me caen las lágrimas imaginando ese momento con mi padre, sabiendo que él no pararía de llorar. Hablo con ella, canto con ella (o lo intentamos). Nos despedimos. Un momento único más del viaje. Gracias, Rocío.

Día 51. Es 4 de Diciembre. Voy caminando hacia Sopocachi, una zona de La Paz donde se come genial. De lejos y por la otra acera, veo acercarse a un chico joven caminando con una guitarra. Cuando se cruza paralelo a mí al otro lado de la vía, comienza a tocar, así que me paro para mirar hacia atrás intentando apreciar qué sigue en su canción. Se aleja de mi vista y de repente aparece un nuevo elemento en la historia: Una mujer muy joven, con un niño a la espalda cruzando muy rápido la carretera con bastante dificultad porque además del niño colgando del cuello, lleva una bolsa enorme en una mano y una pistola gigante de juguete en la otra. Me voy acercando a ella y le digo que me deje llevarle las cosas. Es casi inevitable que en Bolivia la primera reacción hacia un desconocido sea de desconfianza, aunque te ofrezca ayuda, así que me dice que no. Le insisto dos veces porque sé que lo necesita. Por fin me dice que sí y me pregunta hacia dónde voy. Le digo que voy a donde vaya ella porque no iba a ninguna parte en concreto. Me dice: "Es que no quería caminar y le he tenido que llevar a cuestas" (refiriéndose al niño). Le respondo que no se preocupe. Apenas me habla durante el camino aunque intento darle un poco de conversación. Me parece que le da algo de vergüenza la situación, aunque no debería. Llegamos a su destino y me da las gracias cuatro veces seguidas, de la manera más sincera que en mi vida he sentido un agradecimiento. Me voy absurdamente feliz y preguntándome qué le pasa al mundo que no se da cuenta de que la felicidad del resto nos hace felices a nosotros mismos. Gracias Nancy.