Feliz cumpleaños, mami

Feliz cumpleaños, mami

Porque tú eres la esponja que absorbe todos los miedos, y aunque no sea justo para ti, eres así de generosa. Tú te los quedas, mientras nosotros nos dedicamos a expulsarlos viviendo, arriesgando, y teniendo la certeza de que si algo menos bueno ocurre, tú estarás ahí para ayudarnos. Nos regalaste la vida y nos enseñaste a vivirla.

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Mi manchi.

Mi manchi.

... de ventanas repletas de luz para aclarar los sueños despiertos y las ideas bonitas. De ventanas fundidas de oscuridad para dejarnos encender las noches.

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Te quiero.

"Te quiero", esas dos palabras que son siempre tan difíciles de pronunciar. 
La sociedad nos enseña más a odiar que a querer, porque la gente desea caminar ligera de peso, y llevar un "te quiero" a cuestas no es sencillo. O quieren hacernos creer que no lo es.

Por eso es mucho más fácil mirarse al espejo y decirse cualquier barbaridad momentánea: "Tápate esas piernas", "mira esas arrugas", "ojito con esa celulitis, que viene de otro mundo"...

Y me he cansado un poco. No voy a escribir un post hipócrita donde proclamo mi aceptación porque, por desgracia, creo que nunca me aceptaré al 100%. Pero tengo que confesarlo, quiero escribir alto y claro que, últimamente, te quiero mucho más. 

El feminismo, la sororidad, y la fotografía me han enseñado que no es cuestión del "qué es", que no es cuestión de una definición dada, sino de cómo se mira y se quiere. De quién lo mira y quién lo quiere.

Puede parecer un disparate mezclar tres términos así, pero si pienso en el proceso que me ha llevado a decirme que soy bonita y valiosa, veo los siguientes ejemplos prácticos:

1. ¿Por qué me quiero más gracias al feminismo? Porque sólo identificando machismos y micromachismos me he dado cuenta de que la belleza no se mide de la misma manera para los hombres que para las mujeres. Y para nosotras, el baremo es desproporcionado y cruel.

Busco tener un vientre plano y tonificado mientras que la última persona de la que me he enamorado no tiene nada de eso, quiero mantener mi dentadura perfecta pero amo la sonrisa de alguien con los dientes torcidos, porque, simplemente, me gusta ver a la gente sonreír.

¿Quién ha inventado las reglas de la belleza si a mí me remueve por dentro algo mucho más profundo que lo que veo y que ése ejemplo que me enseñan en la televisión o en cualquier otro medio de comunicación? Llego a la conclusión de que si amo más allá de los "defectos" y ni siquiera los identifico como tal, yo misma tengo también que quererme como quiero al resto, y mucha gente debería quererme y verme tan bella como yo veo al resto, sin seguir los cánones que nos venden. Así he llegado a querer entender que no soy la única persona que mira de esta manera las cosas, y entiendo que me quiero y que la gente me quiere.

2. ¿Por qué me quiero más gracias a la sororidad? Porque sólo haciendo workshops en los que he compartido el espacio con mujeres de todas las edades, mentalidades, bellezas, me he dado cuenta de que todas las personas somos maravillosas, y que no hay diferencias entre géneros, sino entre carácteres y entre valores y ética de cada individuo. He bailado con una mujer con muchas más curvas y peso que yo, que me hacía sentir envidia por la energía y la alegría con la que deslumbraba al resto. He aprendido que sólo respetándonos entre nosotras llegaremos al punto en el que nos respeten y en el que nos respetemos y nos queramos individualmente. 

3. ¿Por qué me quiero más gracias a la fotografía? Por varios motivos. He visto la gran mentira, he sido parte de ella. Los grandes retoques. Desde la publicidad, desde las top models, a las fotos de esa amiga a la que yo misma le enseñé a retocarse con photoshop (hace años, y no me siento orgullosa de ello).

Y después de analizar la gran mentira, de haber sido una fotógrafa de la gran mentira, de retocar a mis modelos y avergonzarme al mirar mis trabajos pasados, he descubierto la gran verdad. Que la fotografía que vale es la que captura el momento cotidiano, la sonrisa espontánea, el instante entre el "ponte así" y "te estoy haciendo parecer tonto/a, cambia de posición": esa carcajada que te sale cuando te sientes ridículo delante de una cámara. Ésa es la foto que vale.

O la del instante aún más real. El que ni siquiera se avisa. El que te pilla así, tirada en la cama, salvaje, bailando, saltando, de cualquier manera improvisada.

Para quererse, vale toda la fotografía siempre que sea sincera, se prepare o no (porque no es incompatible preparar un retrato y que sea un retrato sincero).

Pero para conseguir fotografías así, hace falta confianza entre quien dispara y quien está delante de la cámara. Me he dado cuenta de que mi amiga y compañera Laura Guijarro me ha hecho las fotos más bonitas de toda mi vida, porque ella sabe mirar queriendo. Y gracias a personas como ella, he descubierto que no es cuestión de lo que eres sino de cómo decides mirarte. Que es imposible ser bello/a o guapo/a para todo el mundo, porque depende siempre de cómo deciden mirarte, pero que decir "te quiero" a uno mismo debería ser el comienzo y la base. Que si no te quieren, es porque no saben mirar para quererte, y no te pierdes nada. 

Así que eso. Que te quiero. 

Guapa.

Loca.

Libre.

Sexy.

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Sonriente.

Lista. Carcajeante. Suave. Dulce.

Apasionada.

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Áspera. Ácida. Suspirante. Amarga. Buena. Sincera. Expresiva. Efervescente. Poderosa. Alegre.  

Cómplice. Bonita. Feliz.

Fotos de Laura Guijarro. Visita haciendo click aquí su web y maravíllate con su trabajo. 

El beso que te falta.

¿A alguien más le pasa? Te despiertas con una fuerza interna tan grande que bloquea todos los movimientos y todas las acciones del día. No son mariposas, no hacen cosquillas, es como un impulso que lo marea todo, como hace la luna con las olas.

Necesitas expresar lo que sientes, pero ni siquiera tienes claro qué es exactamente. No sabes si exteriorizarlo en forma de canción, de música, de poesía, de relato; o con una foto, o con un quejido, o con el llanto. Y al final te quedas quieto, envidiando a aquellos que nunca lo han sentido o que sólo encontrarían un medio para dejarlo salir.

Otros encontrarían sólo una manera, pero tú te sientes lleno de posibilidades, yo me siento llena de posibilidades. 

Van pasando los minutos y llega la ansiedad por perder el tiempo sin encontrar la fórmula adecuada para transmitirlo y para sentirte comprendido. Y entran las ganas de darse la vuelta, de dejar la piel por dentro y todo lo de dentro por fuera, porque es visceral e incomprensible de cualquier otra manera.

Encuentras un beso. La única forma de alojar el alma, la respiración, y todo ese impulso que llega de dentro, en un cuerpo ajeno.

Pero no puede ser un beso cualquiera ni un cuerpo ajeno cualquiera. Tiene que hablar el mismo idioma, que no será ni español, ni sueco, ni chino. Es el mismo idioma que el de tus suspiros, el lenguaje que no entiende casi nadie.

El alma que se traspasa en un beso no siempre encuentra la manera de comunicarse con el aire ni el interior de la otra persona. Pero cuando lo has conseguido, cuando hablas a través de ese beso... a veces toca despedirse. Y te marchas. 

Y al día siguiente te despiertas con una fuerza interna tan grande que bloquea todos los movimientos y todas las acciones del día. No son mariposas, no hacen cosquillas, es como un impulso que lo marea todo, como hace la luna con las olas. 

Es el beso que te falta. 

Los soles apagados.

Hace 3-4 noches, cuando hablaba con una fotógrafa argentina de "mi equipo" de Hero & Creatives, vi su muro de facebook y vi la noticia de los dos feminicidios de las mochileras argentinas en Ecuador. Lo primero que deseé es que mi madre no se enterase. Hoy he visto publicada la historia en su muro y lo ha acompañado con el título "Los terribles temores de una madre". Ojalá sólo fuesen temores de madre. Pero no.

En Octubre me marcho sola a Latinoamérica, al menos durante 3 meses, y recorreré Colombia, Bolivia y Argentina.

Que me intenten violar y/o asesinar, por desgracia, no dependerá de que viaje sola, de que me encuentre en aquel o este continente, ni de que lleve unos short bajo 40º de temperatura. Dependerá simplemente del género con el que nací y de la buena o mala suerte que tenga al encontrarme con el machismo en mi camino.

Seguramente tenga que practicar una de tantas tácticas que a lo largo de estos 25 años he ido aprendiendo para evitar problemas: Hablar sola por el móvil por la noche diciendo "ya te veo, ya estoy llegando", si veo a alguien caminando detrás de mí a una distancia prudencial; o la táctica de Kasha, una amiga polaca que una vez me contó que ella para volver a casa hacía como que tenía una discapacidad andando porque así creía parecer menos atractiva a los ojos de los posibles acosadores.

"Venga, exagerada", pensarás si eres un pequeño o una pequeña neomachista. "Qué asco me dan las feministas", pensarás si eres un pequeño o una pequeña machista. El caso es que tu pensamiento importa. Me importa porque mientras esto no sea una lucha de todos, van a seguir apareciendo niñas de 21 años, que sólo querían ver y disfrutar del mundo con su máximo derecho de libertad humana, en sacos de basura en la playa.

Eh, que no pasa nada, que no eres su padre, o su hermana, o su madre, o su hermano. A ti seguro que no te ha llegado la llamada. ¿Te imaginas? Yo me lo imagino como las dos llamadas que he recibido perdiendo a seres queridos de repente en accidentes de tráfico. Muy jóvenes, con mucha vida por delante. Depende de cuánto les quieras (si es que eso se puede medir) gritas más o menos, te tiembla más o menos el cuerpo, o directamente pierdes el conocimiento y te desmayas. Eso sólo es en el primer momento. Cuando te lo cuentan. Después viene el "no puede ser, no puede ser, no se ha ido". ¿Te imaginas lo que debe de ser recibir la llamada de algo que no ha sido un accidente? Algo premeditado. Algo asqueroso, vomitivo. Alguien que decide acabar con la vida de una mujer para coartar su libertad y sus decisiones, simplemente porque tiene una mayor fuerza física o porque se cree con el derecho de actuar de esa manera, se cree superior. Puede decidir destrozarle la vida a ella y destrozarle la vida a todas las personas que le aman.

Eh, que no es para tanto, que no es para tanto hasta que te toca a ti. Hasta que me toca a mí. Hasta que le toca a mi madre. Pero igual si lo piensas así, aunque no te toque a ti, sí es para tanto. O al menos para que te replantees las cosas.

¿Miedo yo? A vivir no. A los seres repulsivos sí. A quienes fomentan todo esto también les tengo miedo. A los que se oponen a que se haga algo en contra de esta lacra, les temo casi de la misma manera que a los que agreden y matan. Me produce pena y pánico que incluso existan mujeres machistas. Es una lucha demasiado complicada. Es una lucha que no sólo va en contra de los individuos, sino en contra también del sistema que nos hace pensar de esta manera. Bienvenido al patriarcado. De eso, seguramente, hablaremos otro día y de otra forma. Hoy quiero centrarme en tu madre y en la mía. En la llamada. En mi cuerpo en un saco de basura. ¿Suena mal, eh? A mí también. No me gustaría, pero mira, pasa. Ha pasado muchas veces. Me puede tocar a mí.

Pues eso que te contaba, que a vivir no le tengo miedo. A dejar de vivir sí. Amo vivir. No hago mal a nadie mientras respiro y amo las cosas y a las personas que me rodean, ni hago mal a nadie por vestirme de la manera que me apetezca, ni por caminar por cualquier calle que quiera visitar. No hago mal a nadie por sonreír a un extraño ni a una extraña, me gusta sonreír. Me encanta ser alegre y amable. Si me gusta o me atrae alguien, tengo mi boca y mis palabras para hacérselo saber. Nadie tiene el derecho a tocar mi cuerpo sin mi consentimiento porque tengo mi querido lenguaje para pedir lo que me apetezca hacer y lo que me apetezca que me hagan, si se llega a esa situación consentida; cuando quiera y en cualquier lugar, porque soy libre y me gusta querer y amar bien. Con pasión, siempre y cuando mi libertad no acabe con la de otra persona. Porque sí, tu libertad, mi libertad, termina donde empieza la de la otra persona, y sólo si las libertades en conjunto se ponen de acuerdo, exclusivamente en ese momento es cuando puedes y/o podemos hacer algo en lo que participan dos cuerpos, dos seres libres.

No voy a dejar de viajar ni de vivir por culpa del machismo. Porque está en todas partes. Ya me he encontrado con hombres que me han vejado a la vuelta de la esquina. Ya he sentido mucho miedo, no miedo paranoico, sino de ése en el que ves que te marchas para siempre por la locura que te toca, su locura. La locura del machismo y de los ojos que te enfilan cuando creen que eres una posesión y que pueden hacer contigo lo que quieran. Por desgracia estoy acostumbrada a prevenir porque no quiero volver a tener que curar ni callar. Pero ya, ya está bien.

No puedo cambiar el mundo pero puedo cambiar las pequeñas cosas. Puedo trabajar en darme cuenta de lo que fomenta que los hombres sigan asesinando a las mujeres: machismos, micromachismos, agresiones, insultos, dependencia, posesión, celos. Tú también puedes.

Creo que tú también quieres evitar saber lo que se siente al recibir LA LLAMADA. La que no deja despedidas abiertas. La que te explica con pelos y señales que por pasar por alto las pequeñas cosas, éstas se hacen grandes y se llevan vidas por delante. Vidas de personas valiosas. Vidas de personas que cualquier día de estos, pueden ser de tu madre, de tu hermana, o la mía misma.

Viajemos, porque el peligro está escondido en cualquier rincón y aparece en cualquier momento.

Por eso el miedo no merece la pena. Luchar por cambiar las cosas, sí.

Tú la ligas. Tú también cuentas. Que se entere todo el mundo. 


Termino con una serie de tres fotografías que he hecho hoy, y que me han llevado a escribir este post, os dejo abajo la leyenda que he publicado también en Facebook:

1. Ella para ser sol sólo tenía que creer que lo era, y brillaba, brillaba sin dificultad, como sosteniéndolo entre las manos.

2. Ella... y tú. Nosotras. Cada una con su brillo. Ningún sol era igual pero todas sabían dejar atardeceres preciosos.

3. Cuanto más sonreía, más brillaba. Y era necesario hacerles saber a TODAS, que podían ser soles a cualquier hora del día, soles siempre, brillando solas o acompañadas, porque lo que tiene luz y fuerza propia no necesita de nada más para brillar que seguir luchando para que un día nada ni nadie las apague. Para que nada ni nadie nos apague. ‪#‎stopfeminicidios‬ ‪#‎quenadienosapague‬

El cuerpo ajeno.

Mi cuerpo. Ése que está hecho de historias, de gente, de recuerdos. Ése que lleva en sus oídos melodías, en sus labios besos, en su olfato perfumes ajenos. Ése que recuerda cómo lo golpearon, cómo lo acariciaron, cómo se estremeció al ser rozado por otro cuerpo cualquiera, que no era de cualquiera sino de ése otro cuerpo.

Ése que es de carne y hueso pero que transporta tantas cosas que no se tocan y transfiere tanto, como en forma de magia, por el aire, por los gestos, a todos los demás cuerpos.

¿Cómo intentas que comprenda, vida, que mi cuerpo acaba con un sólo corte certero, con un sólo choque frontal, con un simple colapso del líquido que lo bombea?

¿Cómo quieres que acepte que todo lo que lleva mi cuerpo, todo eso que no se toca, termina con esa materia que me deja transportarme, y respirar, y vivir y pensar?

No sé decir adiós a otros cuerpos. Dime dónde queda todo lo que no se toca y yo lo acepto. No me hables de deidades, no quiero saber de nadie más que del cuerpo que se marcha. Háblame de todo lo que ya no veo en el cuerpo que ya no está y que llevaba tantas cosas dentro. Un nombre, una cara, una voz. Todas las palabras que intercambió conmigo ese cuerpo. Todas las canciones que escuchamos juntos. Todo eso que cuando él se va, sólo queda en el mío y que era compartido. No lo quiero sólo para mí. Dime dónde se queda el otro. O déjame al menos despedirme.

No puedo decir adiós sin saber a qué, sin entender por qué e intentando guardar en alguna parte todo eso que se desprende de repente, que pierde su transporte. No puedo entenderles sólo como cuerpos que se marchan. Y nadie me explica dónde se quedan. Nadie me convence. Y me asusta. Porque si al final es sólo eso, si sólo somos cuerpos, los demás son nuestros dueños y lo único que queda, son cuerpos ajenos, cargados de nuestros recuerdos.

Y entonces, tú, que aún estás aquí, yo, que aún estoy aquí, tenemos que cuidar bien lo que hacemos, los momentos que creamos. Los recuerdos que dejamos. Porque sólo somos cuerpos, y un día nos marchamos.



El poder de un nombre

"Todo fenómeno sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una puerta abierta, por la que el alma, si está preparada, puede entrar en la intimidad del mundo, donde el tú y el yo, el día y la noche, son uno." (...) "Pocos pasan, es cierto, por esa puerta y renuncian a las bellas apariencias a cambio de la presentida realidad de lo íntimo." (...)

Después de unos cuantos años, me reencuentro con una historia escrita por Hermann Hesse.

La primera vez que me hablaron sobre ella presté más atención a quien me contaba la historia de esa historia que a la propia historia, y dejé guardada una flor, un recuerdo y una curiosidad que aún no han envejecido ni se han olvidado con el paso del tiempo, a diferencia de lo que le ocurrió a Anselmo en su cuento, al que Herman Hesse le puso el título de "Iris"

Llevo un tiempo queriendo pasar esa puerta y deseando llevar lo más inverosímil de los símbolos que encontramos al encontrarnos, a la realidad de lo íntimo.

Hoy, leyendo "Iris", he llegado a descifrar la definición de una persona que como el lirio del cuento de Hesse estaba perdida y marchitada, y que hacía tiempo que no encontraba: Mi propia persona.  

"Ella prefería vivir entre flores y música y tal vez con algún libro, en una soledad callada; esperaba que alguien llegara hasta ella y dejaba que el mundo siguiese su marcha. Era tan tierna y sensible, que muchas veces lo extraño le producía dolor y rompía en llanto con facilidad, después de lo cual irradiaba serenidad y delicadeza dentro de su felicidad solitaria. Y quien presenciaba todo esto, sentía lo difícil que sería dar algo a aquella hermosa y extraña mujer, y que ese algo fuera importante para ella. En ocasiones creía Anselmo que ella lo amaba; otras veces le parecía que no amaba a nadie, que simplemente era tierna y afectuosa con todos, y que no ansiaba del mundo más que vivir en paz y que la dejaran tranquila. (...)"

Después de leer esto, paranoica y excéntrica, como siempre, me he preguntado si el poder que mi madre me dio al escoger este nombre fue el de ser como la Iris del cuento de Hesse, sin ni siquiera ser éste el motivo de su elección. 

Después de ése pensamiento, ha llegado el de pensar de nuevo en quien me descubrió este cuento, que con tan sólo escuchar mi nombre se acordó de las flores y de la música, y de Hermann, cuando precisamente lo primero que nos conectó fueron la música y las flores antes de intercambiar las palabras, antes de decir "me llamo Iris".

En medio de un parque, hace tres años, se abrió una puerta que aún no hemos podido entender del todo, ni cruzar, ni cerrar. 

" «Iris», le decía, «querida Iris, ¡si el mundo estuviera organizado de otro modo! Si no existiese en absoluto nada más que tu bello y tierno mundo de flores, pensamientos y música, entonces yo no desearía más que pasar toda la vida a tu lado, escuchar tus relatos y participar en tus pensamientos. Ya de por sí tu nombre me hace bien; Iris es un nombre maravilloso, y no sé qué me recuerda.» "

A mí me recuerda a tu guitarra. 

 

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